Una esposa ejemplar by Alba de Céspedes

Una esposa ejemplar by Alba de Céspedes

autor:Alba de Céspedes [de Céspedes, Alba]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Novela, Drama, Realista
editor: ePubLibre
publicado: 1949-01-01T00:00:00+00:00


* * *

Era octubre cuando un compañero de la Facultad de Arquitectura se ofreció a acompañarme a la inauguración de una exposición en la Galería Borghese. Me gustaba mucho estudiar Historia del Arte. Consultaba a menudo al joven profesor que sustituía al catedrático, que estaba de baja por enfermedad. Se llamaba Lascari. Pensaba que, llegado el momento, estaría bien preparar la tesis con él. Mientras tanto, visitaba los museos y, como no disponía de mucho tiempo, a veces pasaba allí la hora del almuerzo, comiéndome avergonzada un bocadillo escondido en un periódico. A esa hora los museos estaban desiertos, las estatuas parecían esperarme. Me presentaba en la puerta de las salas y, sonriendo, murmuraba: «Aquí estoy». Esto quizá pueda parecer una falta de modestia por mi parte, pero, cuando me encontraba sola ante la naturaleza o ante una obra de arte, me parecía que habían esperado con impaciencia mi llegada para revelarme su secreto esplendor. Lascari me sorprendió una vez que entraba en una sala, imitando sin darme cuenta los andares de mi madre. «¿Qué hace usted aquí?», me preguntó con fingida severidad. Ruborizada, escondí el bocadillo detrás de la espalda.

Me habría gustado pedirle consejo sobre el método de estudio que debía seguir, pero no me atrevía. Él era el único que no me tomaba en serio, me trataba como a una niña. En su presencia, no encontraba las palabras adecuadas, de hecho, empleaba verbos impropios y adjetivos equivocados. Estaba segura de que me consideraba poco inteligente, y por eso temía que no quisiera supervisarme la tesis.

En la inauguración de la exposición estaba también Lascari. Al verlo, de primeras lo rehuí, por miedo a que me interpelara con irónica simpatía, como era su costumbre, preguntándome qué hacía allí entre adultos. Ese día, me sentía aún más tímida por la emoción embriagadora que había sentido al cruzar la villa a pie para llegar hasta la galería. Había llovido y, de repente, el cielo se había liberado de las nubes, mostrando un azul de lo más provocador. Sobre el seto de boj, temblaban perlas iridiscentes, y el petirrojo cantaba, revoloteando entre las ramas de las acacias, de las que caían, rápidas, pequeñas gotas frescas que aterrizaban sobre mi rostro como alfileres.

—Perdona —le dije a mi compañero, que me esperaba en la puerta de la galería—, llego tarde, he venido caminando despacio.

Su aspecto desagradable me irritó, tenía las manos moradas y no iba bien peinado. Pero, sin él, tal vez no me habría atrevido a abrirme paso entre la multitud. Ese estudiante conocía a mucha gente y se iba parando a saludar, presentándome solo por mi apellido. Yo me sonrojé, incómoda, y me quedé callada. No entendía nada, me aburría y me sentía perdida. De pronto vi pasar de nuevo a Lascari y tuve como un impulso repentino.

—Adiós —le dije al estudiante.

—¿Adónde vas? Espera —dijo intentando retenerme.

—No —contesté—, no puedo.

Me agarró de la manga.

—Espera.

—Que te he dicho que no puedo, tengo que ir a hablar con Lascari.

Me retuvo, y yo traté de zafarme de él.



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